Esteban — cuyo nombre significa «coronado» — no solo llevó una corona de oro. Llevó sobre sus hombros la conversión de una nación entera, y lo logró no con la espada, sino con una generosidad que dejaba a la gente sin aliento.
Esteban era un valiente guerrero. Tuvo que luchar para defender su derecho al trono, derrotando a todos los que se oponían a él. Pero una vez en el poder, no usó su autoridad para vengarse o enriquecerse, sino que la usó para algo mucho más radical: propagar por toda Hungría el catolicismo y acabar con la idolatría.
La cantidad de limosnas que Esteban repartía era tan extraordinaria que la gente exclamaba: «¡Ahora sí se van a acabar los pobres!»
Construyó templos por todo el reino. Ordenó que cada 10 pueblos edificaran una iglesia, y él personalmente se encargaba de dotarlas de todo lo necesario: ornamentos, libros, cálices; fundó conventos. Levantó santuarios en honor a la Virgen María, a quien amaba con devoción extraordinaria.
Pero lo más impresionante no era cuánto daba, era cómo lo daba. Atendía personalmente a todos los que llegaban a pedirle ayuda, pero prefería siempre a los más pobres, diciendo: «Ellos representan mejor a Jesucristo, a quien yo quiero atender de manera especial».
Para conocer mejor la situación de los más pobres, Esteban se disfrazaba de simple albañil y salía de noche por las calles a repartir ayudas. Una noche, al encontrarse con un enorme grupo de menesterosos, empezó a repartir monedas. Pero estos, desesperados, se le lanzaron encima, le quitaron todo y lo molieron a palos.
Cuando se alejaron, el santo rey se arrodilló y dio gracias a Dios por haberle permitido ofrecer aquel sacrificio. Al narrar esto en palacio, sus empleados le aconsejaron más prudencia. Esteban respondió con firmeza: «Una cosa sí me he propuesto: no negar jamás una ayuda o un favor, si en mí existe la capacidad de hacerlo».
La gente, al ver su modo tan admirable de practicar la religión, exclamaba: «El rey Esteban convierte más personas con buenos ejemplos que con sus leyes o palabras».
Ahí está el secreto de la verdadera evangelización. No es con discursos brillantes ni con argumentos teológicos complejos. Es con una vida que resplandece de tal manera que otros no pueden evitar preguntarse: «¿Qué tiene ese hombre que yo no tengo?»
Tu familia, tus hijos, tus compañeros de trabajo no necesitan que les prediques. Necesitan verte vivir lo que dices creer. ¿Tu generosidad, tu fe, tu integridad están convirtiendo a otros, o solo tus palabras hacen ruido?
Dios permitió que en sus últimos años Esteban sufriera intensamente. Su hijo—en quien tenía puestas todas sus esperanzas y a quien había formado con esmero—murió en una cacería, dejándolo sin sucesor.
Al recibir la noticia, exclamó: «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Bendito sea Dios».
Pero esas palabras no significaban que no sintiera dolor. Fue para su corazón una pena inmensa. Los últimos años padeció dolorosas enfermedades que lo fueron purificando y santificando cada vez más.
El 15 de agosto de 1038, día de la Asunción de María—fiesta muy querida por él—expiró santamente. Había vivido 63 años, construyendo un legado eterno: una nación entera convertida a Cristo.
Que san Esteban de Hungría, rey generoso, ruegue por nosotros y nos Enseñe a usar nuestra influencia para Cristo, a dar sin medida, y a convertir con el testimonio de nuestras vidas. Amén.

