Existe un pasaje bíblico peculiar narrado por tres evangelistas: la Transfiguración del Señor. Este pasaje relata que Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, subió a un monte alto y se transfiguró delante de ellos. Aquel acontecimiento fue de gran impacto para los apóstoles, tanto en ese instante como a posteriori. En el momento quedaron asombrados y maravillados; fue tal la magnitud de este hecho que, tiempo después, san Pedro recordará en su segunda carta lo que escuchó y vio en el monte santo (2 Pe 1, 16-18).
Estoy convencido de que muchos de nosotros hemos vivido experiencias en las que, de una forma u otra, Dios se ha hecho presente. Ya sea en una enfermedad, en un momento de dificultad o en medio de un proceso vocacional, si examinas con atención tu memoria, encontrarás ese recuerdo imborrable: Dios se ha manifestado en tu vida. Quizás puedas identificar una o múltiples ocasiones, o tal vez lo habías olvidado. Sin embargo, estamos llamados a mantener vivo en nosotros ese memorial. Como nos dice el libro de las Crónicas: «Recuerden cuántas maravillas ha obrado, sus prodigios y sus decisiones» (1 Cr 16, 12). Es precisamente a este ejercicio espiritual al que llamo Centinelas del Tabor: la misión de custodiar, proteger y recordar cada maravilla que el Señor hace en tu vida y en la mía. Es el acto de velar por ese instante preciso en el que reconoces que Dios ha sido infinitamente bueno contigo.

