El camino de un hombre empieza dentro de sí mismo.

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La prueba

“Por todo esto, debemos dar gracias al Señor, nuestro Dios, que ha querido probarnos como a nuestros padres”. (Jdt 8,25)

Si creías que la vida sería fácil, te has mentido: La vida no es fácil. Nadie te prometió que lo sería, aunque en algún lugar dentro de ti esperabas algo diferente. Esperabas que, si trabajabas duro, las cosas saldrían bien. Esperabas que, si eras buena persona, la vida te trataría con justicia. Esperabas que, si hacías todo lo correcto, estarías protegido del sufrimiento. Y no ha sido así. La vida te ha golpeado. Y lo peor no es el golpe en sí, sino la confusión que viene después: ¿Por qué a mí? ¿Qué hice mal?

La enfermedad que no esperabas, que llegó de la nada y cambió todo. El diagnóstico que te dejó sin palabras. El despido injusto después de años de dar lo mejor de ti. La traición de quien considerabas tu amigo. La relación que se rompió a pesar de todo tu esfuerzo por mantenerla. El hijo que tomó un camino equivocado y no sabes cómo traerlo de vuelta. Los sueños que tuviste a los veinte años y que a los cuarenta sabes que nunca se cumplirán. El negocio en el que invertiste todo y que fracasó. La muerte del ser querido que llegó demasiado pronto, demasiado injusta, demasiado absurda.

Y en medio de todo esto, la pregunta que te desgarra: ¿Dónde está Dios? Si Dios me ama, ¿por qué permite esto? Si Dios es todopoderoso, ¿por qué no interviene? Has orado, has pedido, has suplicado. Y parece que el cielo está de bronce. Parece que tus oraciones rebotan en el techo y no llegan a ninguna parte. Parece que Dios está ausente, distraído, o peor aún, indiferente.

Judith nos recuerda que Abrahán fue “purificado por muchas tribulaciones” hasta llegar a ser amigo de Dios. No libre de las tribulaciones, sino a través de ellas. Isaac, Jacob, Moisés, todos los que agradaron a Dios permanecieron fieles “en medio de muchos padecimientos”. No después de que el sufrimiento terminara. No cuando todo se resolvió. En medio. Mientras todavía dolía. Mientras todavía no entendían. Mientras todavía luchaban.

La prueba no es un castigo divino, aunque a veces creas que sí. No es Dios siendo cruel o indiferente. Es el fuego que purifica el oro. Cuando el oro está mezclado con impurezas, el orfebre lo pone al fuego. El calor intenso derrite el metal y las impurezas suben a la superficie donde pueden ser removidas. El oro que sale del fuego es más puro, más valioso, más verdadero. Pero el proceso es doloroso. El oro, si pudiera hablar, gritaría: “¡Sácame de aquí! ¡Esto es insoportable!”. Pero el orfebre sabe lo que hace. Sabe que este dolor es necesario para la purificación. Dios permite que seas probado porque te está preparando para algo mayor. En palabras del profeta Isaías, para lo que “ni se escuchó, ni el ojo vio” (Is 64,3).

En la comodidad y la abundancia, construimos ídolos sin darnos cuenta. Ponemos nuestra confianza en nuestras capacidades, en nuestra cuenta bancaria, en nuestra salud, en nuestro trabajo, en nuestras relaciones. Y todas esas cosas son buenas, pero no son Dios. Cuando la vida nos las quita, cuando se derrumban, es entonces cuando descubrimos en qué habíamos puesto realmente nuestra confianza. Es entonces cuando tenemos la oportunidad de encontrar a Dios de verdad, no como un recurso útil para nuestra vida, no como aquél que lo uso para obtener lo que quiero y luego lo desecho, sino como el fundamento mismo de nuestra existencia.

El sufrimiento te desnuda. Te quita todas las máscaras. Te muestra quién eres realmente cuando nadie te ve, cuando no tienes que impresionar a nadie, cuando no puedes más. Y en ese momento de desnudez total, puedes encontrar a Dios o puedes alejarte de Él. Puedes amargar tu corazón, culparlo, odiarlo. O puedes, como la virgen María al pie de la cruz, aceptar su voluntad, en medio del dolor.

La pregunta no es si serás probado. Serás probado. La vida se encarga de eso. La pregunta es: ¿permanecerás fiel en medio del sufrimiento? ¿O te amargarás, culparás a Dios y te alejarás? Los santos no son quienes evitaron el dolor. Son quienes lo atravesaron con fe. Son quienes en medio de la prueba más oscura mantuvieron encendida la llama de la esperanza. Son quienes descubrieron que Dios no siempre calma la tormenta, pero siempre acompaña en medio de ella.

Abraham no entendía por qué Dios le pedía sacrificar a Isaac. No tenía sentido. Contradecía todas las promesas que Dios le había hecho. Pero subió al monte Moriah de todas formas. Y en el último momento, cuando levantó el cuchillo, Dios detuvo su mano. La prueba no era para que Abraham perdiera a su hijo. La prueba era para que descubriera hasta dónde llegaba su confianza en Dios. Y esa prueba lo transformó en amigo de Dios.

No conozco tu prueba actual, esa que te tiene despierto por las noches, la que te pesa en el pecho, la que te hace preguntarte si podrás soportarla. Sea cual sea, quiero que sepas que no es el final de tu historia. Es un capítulo difícil, pero es el capítulo donde puedes conocer a Dios de una manera que nunca lo conociste cuando todo iba bien. Es el capítulo donde tu fe deja de ser teoría y se hace realidad. Es el capítulo donde descubres si verdaderamente sirves a Dios o solo te servías de Él.

Preguntas para reflexionar:

  1. ¿Cuál ha sido la prueba más difícil de mi vida y cómo respondí en ese momento?
  2. ¿Qué está tratando de purificar Dios en mí a través de las dificultades que enfrento actualmente?
  3. ¿En qué o en quién he puesto mi confianza además de Dios, y cómo me afecta cuando esas cosas fallan?

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