“Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” 1 Tes 4,3
Dios quiere lo mejor para ti y para mí. Ese bien supremo, no comparable a nada aquí en la tierra, solo lo recibiremos en la vida futura si hemos vivido conforme a su voluntad y a sus mandamientos, asemejándonos a la persona de Cristo, quien pasó por el mundo haciendo el bien.
Pero ¿cómo llegaremos a ser santos si no anhelamos serlo? El primer paso para la santidad consiste en querer ser santo. En palabras de fray José Ma. Guerrero: “Sin pasión por la santidad nadie consigue la meta”.
Ya que el ser santos escapa a nuestras capacidades, el segundo paso consiste en pedir insistentemente esta gracia a nuestro Padre. Él, que sabe dar todo lo bueno, nos irá capacitando con alegría y llenándonos de su gracia a fin de que, un día, podamos estar en su presencia.
El tercer paso consiste en abrirnos a esa gracia y en aceptar las purificaciones que Dios permite en nuestras vidas. La plata se purifica al fuego. Sin esta purificación, las escorias que llevamos no pueden ser arrancadas de nuestra alma y no podremos ser santos.
Por último, debemos esforzarnos por vivir santamente en medio del diario vivir: en la familia, el trabajo, los estudios… en fin, dondequiera que estés.
Dado que la santidad no se alcanza de un día para otro, debemos ser conscientes de ello y poner nuestro empeño cada día para que, si llegásemos a caer, sepamos reconciliarnos con Dios y con los hermanos y continuar este camino hasta alcanzar el Tabor; es decir, la transfiguración de nuestras almas mediante la gracia santificante que nuestro Padre nos concede.

