Un día tiene 24 horas. Desde hace mucho tiempo tienes definida una programación de tareas y responsabilidades para cada día. Vives entre el esfuerzo, el afán y la distracción. Y así, un día tras otro. Tienes todo calculado… bueno, o al menos eso crees.
Pero ¿para qué trabajas? ¿Para quién vives? Es bueno que tengas proyectos, sueños y anhelos; que te esfuerces por sacar adelante a tus seres queridos. Todo eso es bueno. ¿Y los demás a tu alrededor? ¿No tienes un tiempo reservado para ellos? ¿Y para Dios, qué tienes reservado?
Necesitas realizar un alto y analizar nuevamente tu programación. Quizás has dejado fuera de tu programa a Dios y al prójimo. Quizás has establecido que tus necesidades tienen prioridad y que, si sobra, ya verás cómo lo repartes. Quizás.
Si Dios y el prójimo no tienen espacio en tu agenda, es tiempo de que te des cuenta de que eres peregrino en este mundo. Vive como un inmigrante que anhela regresar a su patria y que trabaja para construir su casa en ella. Si quieres estar con Dios, tu patria es el Cielo. Si quieres ver a Dios obrando en medio de tu vida, no te olvides del prójimo.
Recuerda que el tiempo no es tu amigo y que, en un abrir y cerrar de ojos, puede haber pasado delante de ti sin que hayas hecho lo que tienes que hacer.

