El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por esta semejanza, hemos sido dotados de voluntad, entendimiento y libre albedrío. ¿Pero qué tan ejercitadas están estas potencias del alma? El propósito de estas es que, mediante su uso, nos acerquemos y nos unamos a Dios para amarle en la medida en que nos abramos a su gracia.
Continuamente encontramos en nosotros una distracción que nos dispersa y nos anestesia hasta el punto de vivir en “modo automático”, sin buscar esta unidad tan anhelada por nuestro Padre celestial en la forma en que Él espera de nosotros. En la medida en que vivimos entretenidos — ya sea por fruto de la imaginación o de los sentidos—, vamos creando en nuestro interior películas de lo que no fue, de lo que no es y de lo que no será. Creamos historias sin sentido trascendental para nuestras vidas ni para nuestro crecimiento personal.
Por tanto, es necesario combatir estos ataques a la imaginación y a nuestras pasiones mediante la oración. Es vital detener nuestro propio “Hollywood” interno tan pronto comienza a producir su estreno del día o de la semana, y dedicar ese tiempo a la oración para que Dios venga en nuestro auxilio y nos conceda las gracias que necesitamos.
En palabras de san Alberto Magno: “Comprométete de manera confiada y sin vacilación a entregar todo lo que eres, y todo lo demás, a la providencia infalible y totalmente confiable de Dios, en silencio y paz, y Él luchará por ti”.

