El camino de un hombre empieza dentro de sí mismo.

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La fatiga inútil

“Vivimos setenta años, ochenta con buena salud, más son casi todos fatiga y vanidad, pasan presto y nosotros volamos”. (Sal 89,10)

Cada día trabajas duro, muy duro. Te levantas antes del amanecer, llegas a casa cuando tus hijos ya duermen. Construyes, produces, avanzas. Proyectos que terminan para que empiecen otros. Metas que alcanzas para que inmediatamente te pongan nuevas. Subes la montaña, llegas a la cumbre, y descubres que hay otra montaña más alta detrás, y así con cada meta. Quizás te sientas profesionalmente realizado, pero a veces, en la noche, cuando por fin hay silencio, te asalta una pregunta incómoda que no quieres escuchar pero que no puedes callar: ¿Para qué tanto esfuerzo? ¿Qué quedará de todo esto dentro de veinte o de cincuenta años? ¿Qué quedará cuando yo ya no esté?

El salmista no te miente. No te vende humo ni frases motivacionales vacías. Te dice la verdad desnuda, esa verdad que todos intuimos pero que nos da miedo admitir: la mayor parte de nuestros setenta u ochenta años es “fatiga inútil”. Pasan aprisa y vuelan. Construyes castillos de arena que la próxima ola borrará. Te esfuerzas por ese ascenso que en diez años no le importará a nadie. Acumulas bienes que tus herederos venderán sin pensarlo dos veces. Te desvives por esa reunión que todos olvidarán en una semana. No es cinismo, es realismo.

Miras atrás y evalúa los últimos diez años de tu vida. ¿A dónde fueron? Pasaron volando. Recuerdas cuando tenías veinte años y pensabas que tenías todo el tiempo del mundo. Ahora tienes cuarenta, o cincuenta, y te das cuenta de que el tiempo es el único recurso que no se recupera. Te das cuenta de que el tiempo no es tu amigo. Cada día que pasa es un día que nunca volverá, y la mayoría de esos días los has gastado en cosas que al final no importan tanto como creías.

fatiga

Pero esta no es una invitación al pesimismo. Es una invitación a la verdad. Mientras no reconozcas la inutilidad de la fatiga sin Dios, seguirás buscando sentido donde no lo hay. Seguirás poniendo tu esperanza en ascensos laborales que te darán satisfacción por tres días y luego volverás a sentir el vacío. Seguirás creyendo que la siguiente meta, el siguiente logro, la siguiente compra te llenará. Pero no lo hará. Nunca lo hace. Porque fuiste creado para Dios, el único infinito e ilimitado y estás intentando llenarte con cosas finitas y limitadas.

La fatiga en sí misma es inútil. Pero existe una fatiga que no lo es: aquella que se ofrece. Aquella que se une a Cristo. Aquella que encuentra su sentido más allá de sí misma. San Pablo hablaba de completar en su carne lo que falta a la pasión de Cristo. Tu fatiga puede unirse a la suya. Tu trabajo cansado puede ser oración. Tu esfuerzo puede tener un significado eterno. No porque sea más importante objetivamente, sino porque lo conectas con el propósito para el cual fuiste creado.

Tus días de trabajo cansado no tienen que ser vacíos. Cuando te levantas y, antes de revisar el móvil, le dices a Dios: “Este día es para ti”, todo cambia. Cuando en medio de la reunión frustrante respiras y piensas: “Esto lo ofrezco por mi familia, por mi conversión, por quienes sufren”, tu fatiga deja de ser inútil. Cuando llegas cansado a casa y en lugar de colapsar frente a la televisión, juegas cinco minutos con tus hijos porque sabes que esos cinco minutos serán memorables para ellos y para ti, tu cansancio tiene sentido. No es que el trabajo cambie externamente. Eres tú quien cambia internamente. Y ese cambio interno lo transforma todo.

El problema no es trabajar duro. El problema es trabajar sin horizonte. Sin saber por qué y para quién. La pregunta no es si trabajarás hasta el cansancio; la pregunta es si ese cansancio será útil o inútil. Si será fatiga que construye algo eterno o fatiga que simplemente pasa y vuela sin dejar nada. Tú decides. Cada mañana, tú decides.

Preguntas para reflexionar:

  1. ¿Qué partes específicas de mi trabajo y esfuerzo diario siento como “fatiga inútil” que no deja nada de valor duradero?
  2. ¿Cómo cambiaría mi manera de vivir cada día si comenzara a ofrecer conscientemente mi trabajo a Dios?
  3. ¿Qué me impide conectar mi fatiga diaria con un propósito eterno? ¿Es falta de fe, falta de práctica, o simplemente olvido?

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