Hay momentos en la vida en los que, un momento, un hecho o acontecimiento, unas palabras recibidas de quien menos esperamos, se convierten en lecciones de vida que nos marcan y nos transforman.
Recuerdo de mi infancia un cierto caballero con una enfermedad mental, que solía ir a mi casa a saludar muy afablemente, y luego de saludar y de preguntar por los miembros de la familia que no estuviesen presentes, entonces procedía a pedir dinero para comprar cigarrillos. Esto se repetía con tanta frecuencia, que se convirtió en algo predecible.
En una ocasión, estando yo en la entrada de la casa, cuando lo vi llegar, le dije a mi madre: ahí viene Miguel a pedir. Cual fue mi sorpresa cuando él me interpeló diciendo: No se adelante a los acontecimientos. Me esperaba de todo menos aquella frase. Ese día, no sé si por vergüenza, solo se limitó a saludar.
Pero algo en esa frase había calado en mí. Y sí, luego descubrí que me adelanto a los acontecimientos. Mi paciencia no era lo que debía ser y aún hoy, sigo con la gracia de Dios trabajando en ello.
Cada vez que me siento inquieto por tomar una decisión o por esperar, viene a mi mente aquella frase: No se adelante a los acontecimientos.
En la vida, nos encontramos con personas que, de manera directa o indirecta, nos dejan algo que marca nuestra vida para siempre. Hay que pedirle a Dios tener los ojos de nuestro espíritu abiertos, para que, aquellas situaciones que Él nos permite para nuestro crecimiento, las podamos identificar y aprender de ellas lo que Él nos quiere enseñar, porque como Dios nos ama, también nos corrige.

