“Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos”. (Sal 118,71)
Como dice una canción popular: “En la vida no queremos sufrir”. Nadie quiere sufrir. Es completamente antinatural. Huimos del dolor físico como huimos del fuego que quema. Evitamos el dolor emocional como evitamos una herida abierta. Toda tu programación biológica y psicológica te grita: “Aléjate del sufrimiento” y, sin embargo, el salmista, después de haber sufrido profundamente, hace una afirmación que suena escandalosa, casi ofensiva: “Me estuvo bien el sufrir”. No dice “sufrir fue neutral”. No dice “sufrir fue tolerable”. Dice que le “estuvo bien”. Que fue bueno para él.
¿Cómo puede estar bien sufrir? ¿Cómo puede algo tan doloroso ser bueno? Porque hay lecciones que solo se aprenden en el dolor. Hay verdades sobre ti mismo, sobre la vida, sobre Dios, que solo descubres cuando todo lo demás falla. Hay una profundidad de fe, una solidez de carácter, una comprensión de lo esencial que solo alcanzas cuando Dios es lo único que te queda y te das cuenta de que Él es suficiente. En la comodidad aprendes información. En el sufrimiento aprendes sabiduría.
En el sufrimiento aprendiste quiénes son tus verdaderos amigos y quiénes solo estaban ahí cuando era conveniente. Aprendiste qué es realmente importante y qué es superficial. Aprendiste que eres más fuerte de lo que creías, capaz de soportar dolores que pensabas te quebrarían. Y al mismo tiempo aprendiste que eres más débil de lo que pensabas, que hay límites a tu resistencia, que necesitas ayuda, que no puedes solo. Ambas lecciones son verdaderas y necesarias.
Aprendiste a orar de verdad. No con palabras bonitas aprendidas de libros piadosos o que quizás escuchaste de alguien más. Aprendiste a orar con el grito desesperado del que no tiene más a dónde ir. Con el silencio agotado del que no tiene más palabras, pero se queda ahí ante Dios de todas formas. Con la súplica sincera del que está al límite. Y descubriste que esas oraciones llegan más alto que todas las oraciones elocuentes que rezaste en tiempos mejores. Dios escucha el grito del que sufre con una atención especial.
El sufrimiento te enseñó los mandamientos de Dios, no como reglas externas impuestas arbitrariamente, sino como camino de vida. Aprendiste que la humildad no es una virtud opcional para almas sensibles; es absolutamente necesaria para sobrevivir espiritualmente. Aprendiste que la confianza en Dios no es para los débiles que no pueden valerse por sí mismos; es para los valientes que se atreven a soltar el control. Aprendiste que el amor verdadero, el que Cristo enseña, requiere sacrificio real, no sentimientos románticos. Aprendiste que perdonar no es opcional si quieres vivir en paz. Aprendiste que el orgullo mata y la humildad salva.
Una cosa te debe quedar bien claro: Dios no causa tu sufrimiento. Vivimos en un mundo caído donde la enfermedad existe, donde hay consecuencias por las malas decisiones, donde otros nos lastiman, donde la muerte es inevitable. Dios no diseña cada dolor como castigo o lección. Pero Él, en su sabiduría infinita, puede tomar incluso el sufrimiento que Él no causó y usarlo para tu bien si se lo permites. Puede tomar la tragedia y convertirla en transformación. Puede tomar tu quebranto y usarlo para reconstruirte más fuerte. Puede tomar tu noche oscura y usarla para que valores más la luz.
Dios te conoce mejor que tú mismo. Ve al hombre que puedes llegar a ser, no solo al hombre que eres ahora. Ve el potencial escondido debajo de tus defensas, tus miedos, tus egoísmos. Y sabe que hay un hombre más fuerte, más sabio, un santo esperando a emerger. Y el sufrimiento, por doloroso que sea, es muchas veces el cincel que saca a la luz esa mejor versión de ti. No porque Dios disfrute verte sufrir, sino porque te ama demasiado como para dejarte en tu mediocridad.
No romanticemos el sufrimiento. Duele. Es legítimo querer que termine. Es normal pedir alivio. Jesús mismo en el Huerto de Getsemaní pidió que pasara de Él ese cáliz si era posible. Pero después agregó: “Pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Ahí está el secreto. Pide alivio, pero confía en que, si no viene de inmediato, Dios sabe por qué. Y mientras esperas, aprende. Porque este sufrimiento no será en vano si lo dejas enseñarte.

Preguntas para reflexionar:
- ¿Qué lecciones concretas he aprendido de mis sufrimientos pasados que no habría aprendido de otra manera?
- ¿Cómo estoy respondiendo al sufrimiento actual: con amargura que me cierra, o con fe que me abre al aprendizaje?
- ¿Qué está tratando de enseñarme Dios en este momento a través de las dificultades que enfrento?

