El camino de un hombre empieza dentro de sí mismo.

El camino de un hombre empieza dentro de sí mismo.

Triduo en honor del

Patriarca san José

Se puede realizar del 17 al 19 del mes deseado

san Jose Jesus dormido

La señal de la cruz

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Acto de contrición

Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser vos quien sois, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.

Oración

¡Con qué confianza, con cuánta satisfacción vengo a tus pies, José santísimo, a implorar tu socorro y protección en mis necesidades! ¡Oh! Yo no desconfío de que oirás mis ruegos, pues sé por experiencia que no sabes negarte a quien con fe te hace una súplica.

Tú, que en el mundo probaste todas las amarguras de la vida y que conoces bien las afecciones del corazón humano, ¿acaso te harás sordo cuando algún mortal, con la fe y el consuelo que inspira tu dulce nombre, te invoca y te muestra el fondo de su alma, traspasada por alguna pena? Tú, que puedes arrancar la punzante espina de un corazón afligido, ¿te mostrarás indiferente y verás, sin que te conmueva tu eminente caridad, correr las lágrimas de tus devotos sin extender tu mano bienhechora para secar su llanto?

¿Acaso necesitas para hacernos un bien, o darnos un consuelo, algo más que quererlo? ¿Y habrá quien pueda imaginarse que, no siendo necesario más que tu santísima voluntad, no quisieras acceder a calmar o quitar del todo nuestras tribulaciones? ¿Desconfías de que tu Hijo Santísimo te niegue lo que le pidieras? ¿Será posible, Santo mío, que Aquel a quien en el mundo alimentaste, y que vio tu noble frente cubierta de sudor para procurarle su sustento y el de su Santísima Madre, te desaire cuando vayas a suplicarle que nos conceda alguna gracia?

Aquel que te escogió para que le sirvieras de padre, y que se llenaba de gozo cuando le dabas el tierno nombre de Hijo, ¿no querrá acceder a tus peticiones? ¿No es el mismo que en la tierra te obedecía y que tantas veces tuviste en tus brazos acariciándole con ternura? ¿No es el mismo que desde toda la eternidad te señaló con su omnipotencia como esposo de la Inmaculada Virgen María?

Grandes, muy grandes son estos títulos para que no puedas con Dios todo lo que quieras, y grandes son también las esperanzas que en mí infunden tan inmensas prerrogativas.

Posible es, padre mío, que yo te pida algo que no me convenga, y esto es fruto de mi ignorancia; pero no es posible que me dejes sin consuelo en mis necesidades. Sí, yo no quiero que hagas mi voluntad, sino la de Dios, pues si lo que pido no contribuye a su mayor honra y gloria y al provecho de mi alma, nada quiero, sino en todo tiempo tu amistad y protección.

Si trabajos, enfermedades y disgustos son lo que me conviene en la vida, los recibo con el mayor agrado por ser voluntad de Dios, y solo te pido que me alcances su santísima gracia para sufrirlos con resignación y merecer en la eternidad el premio al que aspiro. Amén.

Día primero

¡Santísimo José! Aquí me tienes postrado a tus plantas, confiado plenamente en tu patrocinio. Siento que en mi pecho nace una esperanza consoladora al invocarte, porque estoy convencido de tu poder e influencia ante el Altísimo, porque sé que son infalibles tus ruegos unidos a los de tu purísima Esposa María, y porque sé también que tienes deseos de favorecer a tus devotos.

Pues bien, llévame de la mano hasta el trono de tu Santísimo Hijo y dile: «Este que ves aquí me ha invocado, se ha valido de mí en sus penas y yo quiero aliviarle; él no se levantará de tu presencia, yo no me retiraré de este lugar sin haber conseguido lo que deseo en bien de mi devoto; recuerda, Hijo mío, las aflicciones que en el mundo tuve cuando te dignaste encomendarme tu cuidado, y no niegues lo que solicito.»

¡Ah! No podrá negarse a este ruego; te concederá lo que le pidas, Santo mío, y yo volveré a tener la felicidad que perdí, y todos mis días serán de regocijo teniéndote a ti por favor y amparo. Amén.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

Día segundo

¡Glorioso Patriarca! Yo, que soy el más grande pecador, necesito de tu Hijo la más grande misericordia: ruega por mí y no me rechaces; mira que te invoco, mira que te suplico que no te retires de mi presencia sin consolarme. Nada soy, nada valgo, nada merezco; pero tengo que alegar en mi favor tus propias virtudes y las de tu Esposa María; tengo que recordarte que el Salvador derramó su sangre preciosísima por mí y que, aunque indigno, soy criatura suya.

Si tú te interesas por mí y haces esto presente al Omnipotente, nada me faltará y quedarán remediadas mis necesidades. Así lo creo, así lo espero lleno de fe, y muy consolado queda mi corazón confiando en que con tu intercesión santísima seré feliz en esta vida y en la otra, como lo deseo. Amén.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

Día tercero

¡Oh amabilísimo José, padre putativo felicísimo del Salvador del mundo! Yo no cesaré de alabarte ni de confiar en tu patrocinio, ni cesaré de invocarte hasta el último instante de mi vida, y de pedir que ruegues por mí. No desprecies mis oraciones, aunque tibias y sin fervor; suple mi devoción, ilumina mi entendimiento, fortalece mi corazón en las virtudes, y dame todo aquello que sea necesario para el bien de mi alma, junto con el socorro y amparo en mis necesidades.

Ya tú las conoces; no tengo para qué repetirlas, y mejor que yo sabes lo que me es más conveniente y necesario. No hagas conmigo —te lo repito— lo que yo quiera, sino lo que más agradable sea a tu querido Hijo; no se haga en mí ni en todas mis cosas sino la voluntad de Dios, para que en todo tiempo y a toda hora cante sus alabanzas en la tierra, y después vaya a cantarlas en el cielo en tu compañía. Amén.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

Para todos los días

Jaculatoria

Sírvanos de guía y luz
En nuestra necesidad
La inagotable bondad
Del dulcísimo Jesús.

Padre nuestro, Ave María, Gloria.

Sea toda nuestra alegría,
Sea todo nuestro consuelo,
La medianera en el cielo,
La Inmaculada María.

Padre nuestro, Ave María, Gloria.

Se acabarán, bien se ve,
Nuestras penas y dolores
Teniendo por protectores
A Jesús, María y José.

Padre nuestro, Ave María, Gloria.

Oración final

Ya estoy a los pies del dulcísimo José; ya estoy postrado ante este felicísimo Patriarca, y ya nada temo. ¿Qué podría temer teniéndole por abogado?

Vengan las aflicciones, la orfandad, la enfermedad y la miseria; yo no las temo: impávido levantaré la cabeza en medio de los mayores infortunios. Nada podrán contra mí, porque José es mi refugio; las maquinaciones de mis enemigos para perderme serán destruidas; la lengua viperina del que injustamente me persigue enmudecerá; al ladrón se le frustrará el lazo que me tienda; el asesino no podrá levantar el brazo para herirme, y la enfermedad y la peste no infestarán mi casa.

Nadie, nadie podrá dañarme: José es mi protector; José ha abierto los brazos para recibirme y salvarme; José va a hacer de mí un hombre nuevo; José va a borrar de mí las malas inclinaciones; José va a ser mi guía en el camino de las virtudes, y José, en fin, rogará a Dios por mí y yo seré salvo. Amén.

Adaptado del «Devocionario en honor del Patriarca san José», por el R.P. Francisco de P. Garzón, 1934

escudo san Jose

Para mayor gloria de Dios y honra de su siervo san José

Recent Comments

No hay comentarios que mostrar.

New membership are not allowed.

El camino de un hombre empieza dentro de sí mismo.