“Tengan en cuenta el momento en que viven. Porque es ya hora de levantarse del sueño”. (Rm 13,11)
Vives cada día en piloto automático. De la casa al trabajo o a la universidad y de ahí, a tu casa. Los días pasan como hojas de calendario que nadie mira. Envuelto entre correos, mensajes, reuniones y un sinfín de pendientes. Te levantas cansado, te acuestas agotado. Y mañana, lo mismo. La alarma suena a las cinco o seis de la mañana, te duchas sin pensar, desayunas mirando el móvil, conduces por las mismas calles, llegas a la oficina, respondes correos, asistes a reuniones donde se habla mucho y se decide poco, comes algo rápido frente a la computadora, más reuniones, más correos, el tráfico de regreso, llegas cuando tus hijos ya cenaron, los besas distraído, revisas el móvil otra vez, te duermes viendo algo en la televisión. Mañana será igual, y pasado, y el siguiente mes, y el siguiente año.

Un día te detienes. Quizás ante la muerte de alguien cercano. Quizás en un momento de silencio inesperado durante un viaje. Quizás porque algo dentro de ti grita: “¿Es esto todo?”. Ese momento es una gracia. Es Dios tocándote el hombro, susurrándote: “Despierta, hijo. Estás dormido en medio de tu propia vida”. Has estado tan ocupado sobreviviendo que olvidaste vivir. Has estado tan concentrado en el próximo objetivo que perdiste de vista el sentido de todo.
El camino espiritual de un hombre comienza dentro de sí mismo, en ese momento de lucidez donde reconoce: “He estado viviendo, pero no he estado despierto”, en el que dice: “hay algo que me falta”.
La vida cristiana no es un adormecimiento religioso, no es añadir más actividades a tu agenda ya saturada, no es cumplir con rituales un día mientras el resto de la semana permaneces dormido. Es todo lo contrario. Es el despertar más radical que existe. Es abrir los ojos a una realidad que siempre estuvo ahí pero que no veías: que tu vida tiene un sentido eterno, que cada día importa, que tus acciones tienen consecuencias más allá de lo visible, que fuiste creado para algo infinitamente mayor que pagar facturas o comprar leche y pañales.
San Pablo urge: “La noche está avanzada, el día se avecina. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz”. (Rm 13,12). No habla de un futuro lejano. Habla de ahora. Tu vida, con toda su fatiga y preguntas, está llamada a ser iluminada. Las “obras de las tinieblas” no son solo pecados graves; son todas esas cosas que haces como si estuvieses dormido, sin conciencia, sin propósito. Es vivir sin rumbo. Es dejarte llevar por la corriente. Es aceptar que así son las cosas y que no hay nada que hacer.
Despertar duele. La luz molesta cuando has estado mucho tiempo en la oscuridad. Despertar significa ver verdades incómodas sobre ti mismo, sobre cómo has vivido, sobre lo que has dejado de lado. Significa reconocer que has estado persiguiendo cosas que no satisfacen. Significa admitir que necesitas ayuda, que no puedes solo. Pero ese dolor es como el dolor de despertar después de una cirugía: duele porque estás vivo, porque estás sanando, porque algo nuevo está comenzando.
Dios te está llamando ahora mismo. No mañana, no cuando tengas más tiempo, no cuando seas mejor persona, no cuando seas anciano. Es ahora. En medio de tu vida real, con tu trabajo, con tus problemas reales. Él dice: “Despierta. Levántate. Ven a mí. Tengo algo mejor para ti que esta existencia dormida”. ¿Escucharás su voz? ¿Te atreverás a despertar?
Preguntas para reflexionar:
- ¿En qué áreas específicas de mi vida estoy funcionando en piloto automático, sin verdadera conciencia ni propósito?
- ¿Cuándo fue la última vez que sentí que Dios me estaba tocando el hombro para despertarme? ¿Cómo le respondí?
- ¿Qué temo perder o enfrentar si verdaderamente despierto a una vida consciente con Dios?

