La historia nos demuestra que la fe no es un sentimiento, sino una fuerza capaz de transformar personas y naciones; capaz de templar el carácter de los hombres hasta el heroísmo. Gabriel García Moreno se levanta en la memoria cristiana como el vivo ejemplo de un hombre plenamente convencido, fuerte y decidido, cuya entrega no conoció medias tintas.
Al caer herido por las manos de quienes odiaban su fe y sus virtudes, su muerte no fue una derrota, sino la victoria definitiva de un centinela que se mantuvo vigilante y fiel hasta el último aliento. Dar la vida por Dios no siempre implica el derramamiento de sangre en un patíbulo; implica, fundamentalmente, morir cada día a nuestro propio egoísmo, a la comodidad y a la tibieza para desgastarnos por entero en el servicio al prójimo.
Hoy, más que nunca, el mundo necesita hombres dignos de seguir; cristianos que no tengan miedo de hacer visible su fe a través de sus obras, sus palabras y su trabajo. Que la memoria de este insigne gobernante y mártir nos sacuda el letargo y nos inspire a vivir con valentía. Donde vayas, donde estés y con lo que hagas, haz que tu vida sea un testimonio irrefutable de que Cristo reina en tu corazón, recordando siempre que nuestra misión no es agradar a los hombres, sino permanecer de pie ante el Hijo del hombre.

